La revancha de lxs Belgranxs

Por joaquines

Se me hace la invitación a escribir sobre masculinidades unas semanas después de una debacle personal inmensa y unos días antes de la debacle mundial que muchxs estamos mambo-balconendo en vivo y en directo; otrxs padecen con más virulencia el hambre histórico que les asigna la desgracia de nacer en el subsuelo de la desigualdad, y para ellxs debiera apuntarse nuestra mayor disposición; y están los de siempre, pochocleando, pero pareciera que algo suena distinto en el ruido de la mandíbula mientras mastican, ese acople parece anticipar aunque sea alguna media pregunta.

Acepté porque a ARDE siempre sí, además escribir me gusta y sobretodo porque hoy habito este cuerpo que enfermó de tanta violencia por disidir, y en cada arista de esta estructura maltrecha busco salvarme, y compartir algo de mi experiencia también puede -tal vez- ser un aportecito. El marco teórico existe pero no es mi mayor herramienta, mi historia muchas veces disputa la palabra de pensadores y filósofxs, y hoy trato de obedecerme. Académiques dense por advertidxs.

Esta suerte de preámbulo que cierro en este párrafo, lo consideré necesario para enmarcar la incomodidad desde la que escribo. La hoja en blanco se me enfrenta como Monzón, porque estoy montado sobre 0,25mg de Clonazepam y 0,50mg de Sertralina para desnudar y bañar dolores perpetuos, y porque desde mi ventana se cuela el silencio que desafía, intempestivamente, la imagen imposible del resquebrajamiento bruto del sentido común.

*

«Retrolo era Belgrano, mirale las calzas blancas con las piernas cruzadas», me dice Leonardo, mi compañerito de banco de 3ro B. La seño escucha, ríe, asiente y hace colectiva la apreciación de un niño cuyo catálogo sexo-genérico ya había sufrido las manos que amasaban y el cinturón que golpeaba en el régimen doméstico. Las imágenes televisivas fuera y dentro del horario de protección al menor, que en los 90 pervertían tenebrosamente, participaban de manera omnipresente. En la Escuela, notarán: SAME, AMIGUE. «Sisisí, Belgrano era muy amanerado, afrancesado, es verdad lo que dice Leonardo, tenía la voz aflautada, dicen que solía llorar mucho y además…nunca se casó», kedesirles de cada componente lingüística, simbólica, epistémica que aparece en esta Maestra Escolar, con sus labios delineados color negro oscuro como el errático sendero de malenseñar a infantes. PALPITACIONES, SUDORACIÓN: “Belgrano soy yo” pienso, con miedo -y astucia- porque me anticipo al peor del salón, Matías, que dice para todo el aula: «Como vos, Joaquín». El público ríe, la seño no busca para defender a un niño las estrategias que encontró con facilidad para denostar a un prócer. Algo submediático en ella, construye algo submediático en mí y mis compañerxs, queda enseñado y aprendido que en algún punto me lo merezco. La línea es críptica pero efectiva como lo es nada más en el sistema educativo. Todo estaba mal, como sigue ahora. Me refugio en la tarea enmendada: Pintar la bandera argentina, terapia infinita que me cobija un poco de lo que acaba de pasar, mientras tanto estoy convencido que el outfit de Belgrano es maravilloso, y que ya quisieran ellos haber sido tan k-pos, tan lo +, como era Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Escribo mi nombre garabateando, en mood firma histórica: Joaquín Nicolás Gómez Hernández, lo hago parecer más largo todavía, descubro que Belgrano es mi tocayo, y además es del corazón de Jesús, por lo que seguro no era trolo (?) pienso, desde mi banco de 3ro B, Colegio Salesiano San Juan Bosco, Río Grande, Tierra del Fuego. Todo estaba mal, como sigue ahora. Mientras los encarnadores del pesebre quieren que con sus hijos no se metan, yo pienso que ojalá se hubieran metido conmigo y con les otres Belgranes que había por ahí; teníamos 5, 7, 12 años, y una red de hostigamiento autogestionada por inmensas mayorías nos flagelaba, nos torturaba psicológicamente sin punto de salida, sin rincón a salvo. Porque les juro que acudíamos a lugares. A mí el Director de la primaria me dijo dos cosas: Que a Matías le pegue una trompada, y que le cuente que tenía novia. Todo estaba mal, como sigue ahora.

Hace poco me tatuaba la rodilla derecha como un escalón de la resurrección que pretendo para mi enclenque estado psicoemocional. Quien me marcaba la piel, intercambiaba conmigo experiencias propias al compás del ruido de su máquina. Sensible y delicado, alumno de un colegio salesiano, nuestras experiencias se calcan como el carbónico que me dibujó el cuero hace 15 minutos. Me dice, soltando el pedal, enarbolándose de silencio: “Yo en la escuela era El Puto. Putoputoputoputoputoputo” y yo entiendo automáticamente ese bis eterno que musicaliza el fin de su intervención. La coerción por goteo, y digo goteo pero es una lluvia que oscila entre lo torrencial y lo garuado pero siempre está ahí. Hombres, pibes, señoras, niñes, el kioskero, la portera, cuando no te encuadrás a la forma de tus genitales, alguien te recuerda que cualquiera de tus elecciones es un error, que tu vida no es posible de ser. Y estoy hablando de un color, una postura, un peinado, de un tono de voz, una mirada, estoy hablando de un abrazo, un consejo, un enojo, estoy hablando de todo un modo de existir en el mundo que sigue sin poder experimentar, sin miramientos y murmullos, o puños y cuchillazos, las libertades más mundanas, las acciones más pedestres, de nuestras democracias.

Hoy existen grandes sectores del movimiento feminista que se mantienen afianzados a un régimen sexo-genérico en crisis, antiguo, privilegiado, que nos muestra el mundo de las mitades y las categorías como si fueran de vanguardia revolucionaria: Mujeres-Varones, Heterosexuales-Homosexuales, Cis-Trans, Chucha-Pito, Vida-Muerte. Y yo sólo pienso ¿Ésto es en serio para ellas revolucionario? ¿En serio no aparece en sus análisis tan sofisticados, politizados y teorizados, la rigidez patriarcal de sus categorías de cuadro sinóptico? La única respuesta que encuentro es que la ESI nos va a hacer muy bien a todxs, incluso a quienes la disparan a otra orilla enarbolando una amplísima deconstrucción, qué peligro. Pienso que si esta guerra infinita contra el orden impuesto por la única forma de masculinidad, que definitivamente exige nuevos rumbos y contingencias; logra que el Estado entre en las escuelas y los clubes, los comedores y los institutos de idiomas, para hablar de la responsabilidad y libertad de ser-estar desde nuestros cuerpos y hacia el mundo, como el deseo manifieste en cada momento, aparecerá una legión de Belgranes.

Se me hace la invitación a escribir sobre masculinidades, pero no creo que haya plural posible en esa posición. No quiero decir con esto que voy a decir, que no existe lo que sabemos que existe, la fórmula machismo y opresión es translucida ante los ojos de quien tiene cerebro y corazón; pero me cae cada vez peor la demagogia de asentir que quien porta un pene es privilegiado, por eso me siento con ganas de escribir más allá: Vengo a escribir desde el incendio a las categorías, desde el derrumbe de la aspiración regulada por la violencia machocentrista (por la positiva o por la negativa); vengo a escribir por los cuerpos en los que no terminó de permear la norma artículo por artículo y aun así fecundamos estrategias de subsistencia; vengo a escribir por las subjetividades despalabradas a las que el imperativo de la autopercepción les resulta yuta y normativo. Escribo de la necesaria renuncia masiva a una categoría tan terrorífica como La Masculinidad, para derretir su pirámide hasta que quede sólo su necropolítico capitel. Estoy escribiendo de una tercera posición sexo-género que sólo podrá ser abordada por idearios colectivos y plurales, un degradé policromático liderado por construcciones emocionales, audaces, libres, horizontes que lloran y no se casan, personas que se dejan derrocar por la novedad y se encolumnan por detrás si el presente lo demanda, como hizo Belgrano, que es el prócer preferido de mí prócera preferida, que hizo lo mismo. Cuando existan cuerpos que gocen de la libertad de, con calzas o como quieran, ser protagonistas de las sociedades, más por crear banderas que por disparar rifles, sin tener que enfrentar y resistir tanta adversidad y crueldad: Ya no habrá nombre que los rotule, ni fobia que los señale, ni patología que los enferme, ni puño que los embista, habremos ganado para el futuro la maravilla de habitar el deseo con libertad, y para ustedes vine a escribir.

Fotografía: Elenna Studio.

Joaquines

Artista, docente universitario recibido de arquitecto. Nació en una Base Militar y creció en una isla del Polo Sur, su subsistencia contrasta con esos paisajes. Prensa versos que construye como anciano hasta hacerlos aparecer de manera política en objetos cotidianos que relaciona como niño.

2 Comentarios

Juli
16 abril, 202000:32

Que hermoso Joaco joaquiney!
Gracias por ese aullido de libertad!!!
Hasta la Victoria!
Juli.
Auauauuuuu

Marce
17 mayo, 202020:20

Es muy bello!!!! Deseo de libertad, más por crear banderas que por disparar rifles.

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